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miércoles, 30 de noviembre de 2016

DEL BLACK FRIDAY A LA RED CARD





                                               
                                   POR LA ESPIRAL
                                   Claudia Luna Palencia
                                   @claudialunapale





-Del Black Friday a la red card





Se corre el riesgo de fomentar el hiperconsumismo, hacer que  la gente ya no necesite abrir su cartera para sacar el dinero en efectivo basta con que facture  con su tarjeta de crédito. Es una oda al consumismo, un canto de sirenas, y con la facilidad de comprar desde la comodidad del hogar… con un simple click.

La mercadotecnia y la publicidad nos han venido educando para ser un determinado modelo de consumidores, y déjeme decirle amigo lector, que la opinión pública se equivoca más de una vez si cree que logra controlarse para no sucumbir a las tentaciones de las maniquíes y los escaparates.

Lo malo es comprar por comprar. Lo negativo es caer en una acumulación ociosa de bienes, artículos y enseres que en primera instancia, no se necesitan y en segunda, contribuyen a destruir el potencial ahorro de las personas.

En términos del hiperconsumismo, la facilidad provista por el Internet para acercarse –sin salir de casa, sin mover un músculo- hasta la ventana de nuestras tiendas favoritas nos subsume a una grave dependencia so pena del riesgo intrínseco porque nadie está a salvo de un fraude en el universo digital.

Para mí sería un error recomendar  con cartelitos mojigatos que “no se consuma”,  todo lo contrario: gracias a nuestra compra ese dinero se convierte en fuente de ingresos para los empresarios, fabricantes y  prestadores de servicios y éstos a su vez pueden pagar sus costos de producción, cubrir las nóminas de sus empleados,  honrar los impuestos correspondientes ante la Hacienda Pública y por su puesto obtener sus propias ganancias; beneficios que también sirven para reinvertirse o bien para abrir cuentas de ahorro o de inversión. Lo micro sumado forma el entramado macroeconómico y dinamiza la demanda interna, uno de los soportes fundamentales del crecimiento de un país.

Ahora bien tampoco se trata de comprar por comprar mucho menos cuando sucede por encima de las capacidades de las personas, sobresaturando su límite y comprometiendo con ello no nada más su liquidez presente sino también su solvencia futura.

Algún estímulo cerebral debe proporcionar el irse de tiendas o el sentarse a bobear en las webs de moda y sentir que todas esas prendas, zapatos, perfumes, collares, corbatas, blusas, sweaters, muebles, etc; se tienen tan pero tan a la mano.

Quizá se estimule el hipotálamo en la región del placer allá donde orbitan la oxitocina,  la dopamina y la seratonina. Hay quien siente tan enorme sensación de placer en adquirir cosas que llegan a experimentar efectos similares a los de un orgasmo.

Me parece que un estudio sobradamente interesante sería el de correlacionar a las personas solteras, viudas o divorciadas (que pasen por algún período de soledad) con su comportamiento como consumidores y acumuladores. Existen personas que intentan paliar su vacío emocional comprando zapatos, por ejemplo, atiborrar armarios enteros, ¡qué digo! ¡Habitaciones completas para tanto atrezo!

O bien efectuar  el mismo estudio con parejas que siguen juntas pero que son un total fracaso y en las que reina el aburrimiento y la pesada losa de la costumbre. ¿Cuántos bolsos, zapatos,  maquillaje y prendas de vestir serán necesarias para olvidarse  un rato del desasosiego de la cama fría o del fracaso profesional?
A COLACIÓN
            Hiperconsumo: dime cuánto compras y te diré quién eres. Hace algunos años atrás cuando vivía en Málaga participé en una plataforma llamada EDUFINET liderada por el Unicaja y la Universidad de Málaga; en ése entonces realicé un proyecto de educación financiera para el presupuesto familiar.

            Había que identificar los orificios del gasto, presentar un reajuste razonable y demostrar cómo modificando pequeños hábitos se lograba al final del año un ahorro nada menospreciable (ningún dinero lo es menos cuando se gana con el sudor de la frente y cada vez con mayores dificultades).

            Recuerdo, por ejemplo, el caso de un fumador empedernido –de una cajetilla diaria-  un consumo hormiga multiplicado por los días del mes y  después por los meses del año; al final se demostraba que el dinero anual gastado en cigarrillos no era tan pingüe y menos si luego se multiplicaba por 5 años.

            Yo sé que si fuésemos seres ciento por ciento racionales como consumidores, entonces no existirían ni la mercadotecnia ni la publicidad; tampoco  habría sitio para los Black Friday, ni para el Buen Fin o el  Cyber Monday.

            Lo más crucial  no es dejar de consumir –ya argumenté más arriba su interesante dinámica- sino más bien aprender a ser consumidores racionales más cerebrales que emotivos y prácticos para elegir así como sagaces para optar por la mejor relación precio-calidad.

Debemos aprender a disfrutar lo que adquirimos como si fuera un premio y no  convertirnos en esclavos de las tiendas comerciales y después de los bancos que nos exigirán el consabido pago por el crédito. Cuidado con la red card.








           



lunes, 28 de noviembre de 2016

EL VIEJO Y SU ISLA



                                               POR LA ESPIRAL
                                               Claudia Luna Palencia

           

-El viejo y su isla





Alguien hace un par de noches me dijo que con Fidel Castro se acababan de licuar las figuras históricas del siglo XX,  en realidad no es así  porque sigue en vida la reina Isabel II que, junto con el finado mandatario cubano, guarda la peculiaridad de una exultante longevidad política; de hecho, también coincide que este año cada uno celebró su 90 cumpleaños.

Y cuando se marche la monarca inglesa, quedará Mick Jagger -dirán los estrambóticos- para echar el cerrojo del siglo pasado… es broma. Lo único certero es la muerte.

En parte somos afortunados, me refiero a esta generación, por atestiguar mediáticamente hablando la caída de  tantas figuras entronizadas en el poder a costa de mucho dolor, sufrimiento, socavar las libertades y casi siempre traicionar todas las promesas de cambio.

Personajes fundamentales para entender el caldo de cultivo formado en el contexto internacional en la década de 1970 cuando en plenitud de la Guerra Fría, a la condena contra el imperialismo no nada más se unieron  voces comunistas, sino también dictadores no siempre con la mentalidad puesta en el martillo y en la hoz pero compungidos por sentirse agredidos por las políticas internacionales de Estados Unidos.

Que Fidel Castro  con sus travesuras se subiese a las barbas de Estados Unidos y además osara presentarse en la ONU, en el mismísimo corazón de Nueva York, para denunciar al capitalismo imperialista era el mayor acto  de desafío al gigante de las barras y las estrellas. David contra Goliat.

Cuba no era además una economía preponderante ni para la región latinoamericana ni para el mundo; tampoco pesaba en el concierto de la geopolítica ni tenía nada más que ofrecer más allá de su caña de azúcar para el comercio global.

Si no tenía una enorme valía económica ni políticamente hablando, geoestratégicamente adquiría alguna debido  a su cercanía con México y  estar a tiro de distancia relativamente considerable de la Unión Americana toda vez que la Bahía de Guantánamo a pesar de la Revolución comandada por Castro siguió albergando la base militar estadounidense impuesta desde 1903; luego en  2002 se convirtió en centro penitenciario de alta seguridad para meter a los supuestos terroristas que  los marines norteamericanos iban cazando.

¿Por qué Estados Unidos nunca tocó militarmente hablando a Cuba? Ni siquiera lo intentó mucho tiempo después como represalia por la histórica crisis de los mísiles que estuvo a punto de meternos en una conflagración de gran escala mundial entre Estados Unidos y la URSS.

Cuando la URSS con la Glásnots junto con la Perestroika y la caída del Muro de Berlín dieron paso a una nueva era sin la bipolaridad acostumbrada, ni así Estados Unidos invadió a Cuba para derrocar a Fidel aprovechando precisamente el flanco debilitado y deshecho de los soviéticos.
A COLACIÓN
            Durante varias décadas Fidel Castro representó el alma herida de los latinoamericanos: fue nuestra voz contra el imperialismo yanqui, se convirtió en el fiel relato romántico contra el oprobio, la explotación, el colonialismo, el yugo del opresor contra el oprimido; fue el grito catártico para denunciar tanto el saqueo como el despojo simplemente la imposición de la ley del más fuerte.

         Su retórica incendiaria y apasionada recaudó aplausos y admiración no solo política sino también intelectual.  Castro era un seductor de masas con la lengua afilada, un prestidigitador de la palabra que lograba hacer del comunismo la respuesta fehaciente a todos los males sociales. Hasta que…

            Hasta que como yo muchos visitamos la isla no una sino varias veces atraídos no por su amplia oferta turística sino por conocer de primera mano el laboratorio social y su resultado.

            A mí como economista cada viaje me dejó menos contenta y más convencida de que socializar la miseria no es la respuesta certera para contrarrestar el capitalismo.

      Yo vi un país miserable, atiborrado de calles deterioradas, congeladas en el tiempo, con multitud de gente ociosa en los parques y en las plazas conversando  con los turistas;  no había ningún estímulo ni para producir, ni para ser productivos, ni competitivos, eliminada toda la iniciativa privada, el Estado y sus aparatos de control y represión se encargaban de organizarlo todo.

            Cuba me pareció un país en el que tiempo pasaba tan lentamente que nadie tenía respeto por hacerlo vibrar más rápidamente, había que dejarse flotar. Cuando pienso en Fidel Castro me viene a la mente la señora del cake de Matanzas y su odisea para juntar una docena de huevos (entre familiares y conocidos) para hornear una tarta de bodas para su sobrina; recuerdo la prostitución de hombres y mujeres abierta y consentida en todos los sitios; y pienso en  la señora que en el Hotel Habana Libre me entregó en mano una carta para su hija en México casada con un compatriota porque “en el trabajo me leen el correo electrónico”.

            Son tantas cosas agolpadas, creo que los cubanos merecen vivir en libertad económica, libertad política, libertad social y libertad  para decidir su destino. Espero que mi próximo margarita Hemingway en el Floridita sea para celebrar su renacer a la democracia.